La abrazaba en la multitud. Sentía que recién ahí, compartiéndolo con ella, entendía la magnitud del dolor que me genera su partida. La abrazaba fuerte. Ella se sentía a gusto, como si necesitara que alguien la sostuviera y no depender de sus piernas que siempre terminan en taco. Yo le decía: lloramos con vos. Lloramos y nos reímos, realmente nos reímos con las cosas que decís. Además nos emocionamos, nos emocionamos con muchas medidas, y estamos dispuestos a dar todo por ellas. Estaba calmada, me escuchaba. Alrededor la multitud se movía y pasaban cosas. Nos acordábamos de él y nuestros ojos estaban todo el tiempo llenos de lágrimas. Los de ella, los míos y yo sabía que también los de mis padres y muchos de mi conocidos. También los míos ahora que lo escribo.
Finalizaba el día laboral, como si acaso eso alguna vez sucediera, y ella iba al baño a cambiarse. Yo seguía entre la multitud y seguían pasando cosas. Ella salía del baño y ya no estaba vestida de negro: se había puesto un saquito verde. Ahí entendía: de a poco iba pudiendo ponerse color, pero no quería compartirlo con el mundo entero hasta que no lo pudiera hacer con extrema naturalidad: el color era, ahora, parte de su intimidad hasta que pudiera compartirlo. A los minutos entraba a un cuarto, creo que una oficina, y salía sin maquillaje y con una colita alta hecha asínomás. Tenía un jean. Era una más. Yo miraba a su asesora y le preguntaba "¿Así sale?". Me respondía que sí. Nos daba un beso a cada una como quien quiere llegar a su casa después de un día laboral y cuanto antes se vaya, antes llega. Por ese beso yo podía verla más de cerca y veía que sus cejas no estaban tan perfectamente depiladas, que tenía los dientes normales y la piel común. Se iba sin custodia entre la gente. No importaba. Era totalmente irreconocible. Era una más. Se había terminado la jornada laboral.
No hay comentarios:
Publicar un comentario