lunes, 5 de septiembre de 2011

Sueñe con ella

La abrazaba en la multitud. Sentía que recién ahí, compartiéndolo con ella, entendía la magnitud del dolor que me genera su partida. La abrazaba fuerte. Ella se sentía a gusto, como si necesitara que alguien la sostuviera y no depender de sus piernas que siempre terminan en taco. Yo le decía: lloramos con vos. Lloramos y nos reímos, realmente nos reímos con las cosas que decís. Además nos emocionamos, nos emocionamos con muchas medidas, y estamos dispuestos a dar todo por ellas. Estaba calmada, me escuchaba. Alrededor la multitud se movía y  pasaban cosas. Nos acordábamos de él y nuestros ojos estaban todo el tiempo llenos de lágrimas. Los de ella, los míos y yo sabía que también los de mis padres y muchos de mi conocidos. También los míos ahora que lo escribo.
Finalizaba el día laboral, como si acaso eso alguna vez sucediera,  y ella iba al baño a cambiarse. Yo seguía entre la multitud y seguían pasando cosas. Ella salía del baño y ya no estaba vestida de negro: se había puesto un saquito verde. Ahí entendía: de a poco iba pudiendo ponerse color, pero no quería compartirlo con el mundo entero hasta que no lo pudiera hacer con extrema naturalidad: el color era, ahora, parte de su intimidad hasta que pudiera compartirlo. A los minutos entraba a un cuarto, creo que una oficina,  y salía sin maquillaje y con una colita alta hecha asínomás. Tenía un jean. Era una más. Yo miraba a su asesora y le preguntaba "¿Así sale?". Me respondía que sí. Nos daba un beso a cada una como quien quiere llegar a su casa después de un día laboral y cuanto antes se vaya, antes llega. Por ese beso yo podía verla más de cerca y veía que sus cejas no estaban tan perfectamente depiladas, que tenía los dientes normales y la piel común. Se iba sin custodia entre la gente. No importaba. Era totalmente irreconocible. Era una más. Se había terminado la jornada laboral.

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